CHIHUAHUA, CHIH. — Lo que pretendía ser una demostración de unidad inquebrantable en favor de la mujer , terminó por evidenciar las profundas grietas y la incomodidad que sacude al Grupo Parlamentario de Morena.
En un ejercicio de equilibrismo retórico, la diputada Jael Argüelles se vio obligada a fijar una postura sobre la denuncia de su compañera Rosana Díaz contra el coordinador de la bancada, Cuauhtémoc Estrada, en un mensaje que dejó entrever más compromiso que convicción.
Bajo la presión de los micrófonos y la mirada de un frente femenino que busca proyectar sororidad, Argüelles terminó por «animar» y «respaldar» la denuncia por violencia política de género contra su propio líder de bancada, en lo que muchos interpretan como un apoyo forzado por la narrativa pública y no por un consenso interno armonioso.
La declaración de Argüelles, aunque cargada de conceptos como «solidaridad sonora», funcionó más como una salida política para evitar el costo de la omisión que como un respaldo orgánico. Al señalar que «animamos no solo a ella, sino a todas las mujeres», la legisladora diluyó la especificidad del caso contra Estrada, intentando generalizar un conflicto que tiene nombres, apellidos y una carga de poder jerárquico que hoy divide a Morena en el Congreso.
«El silencio no la va a proteger a ella y el silencio no protege a nadie», sentenció Argüelles, una frase que suena más a una justificación de supervivencia política que a un ataque frontal contra el coordinador.
Lavado de manos ante el Instituto Electoral
La postura crítica sugiere que las diputadas, atrapadas entre la lealtad al mando de Cuauhtémoc Estrada y la agenda de género que dicen representar, optaron por la vía del «lavado de manos». Al declarar que «ya será el Instituto Electoral quien determine», la bancada femenina traslada la responsabilidad de la justicia a un tercero, evitando emitir un juicio interno que podría descabezar su propia estructura legislativa.
Este respaldo, que llega en medio de una crisis de liderazgo, evidencia que en Morena la «unidad» es hoy un concepto frágil. Las diputadas se vieron forzadas a elegir entre proteger a su coordinador o mantener la fachada de congruencia feminista; al final, optaron por un apoyo mediático que, de no haberse dado, habría sepultado su discurso político en un año electoral clave.